el texo del link es mío, lo escribí a pedido de Orangel Gil para un proyecto que dijo tener y lo publicó en ese blog en su nombre
como sabe que está haciendo plagio tiene los comentarios controlados, de otra manera le llenaría el blog de denuncia
Un día típico:
Caminaba por la avenida que lleva al hospital, mirando las casas antiguas.
Aunque odiara a ese médico, iba a aceptar con indulgencia sus regaños y sus intolerables muestras de superioridad.
Si sólo se detuviera un auto en especial, con cierto conductor al volante que le invitara a tomar un café esbozando esa sonrisa acostumbrada y deslumbradora, aceptaría. Luego, él podría decirle: “Estás muy linda” y ella responder, fingiéndose avergonzada: “Nadie más lindo que tú”; y, estando el hospital vecino a su casa, él le confesaría que sus padres no se encuentran y la llevaría casi sin sacarle un reproche. Ya solos y entrando en besos, la incitaría a dejarse andar con libertad. Los labio blandos, el cuerpo relajado, húmeda para recibirlo.
Entró al consultorio con miedo, no por lo que le fuera a pasar, sino miedo directo hacia la persona misma del dentista. Ese día le hizo una intervención a la encía algo inesperada.
De pie junto al médico, callada, lo miraba escribir. “Hijo de una grandísima prostituta. Me mataste. Bruto. Bestia. Por qué no se te quiebran los dedos antes de volver a meterlos en mi boca.”
- Enjuáguese la boca con este antibiótico luego de cada comida. La encía molestará, debe curarse.
- Sí, doctor. – Salió.
A través del pasillo del hospital observaba a cada espécimen del sexo opuesto: con aquél se acostaría, con ese otro, no.
Esperaba su turno para pagar en la secretaría mientras leía un libro de Borges. Por el rabillo del ojo estudiaba al muchacho sentado frente a ella. Le atraía la posición de macho que había asumido y se sintió provocada por esas piernas abiertas. Se levantó y se fue sin haberlo mirado de frente ni siquiera una vez.
Pelado, no. Gordo, no. Viejo, no.
De regreso a su casa, la siguieron dos muchachos en un coche diciéndole cosas lindas.
Ella caminaba impertérrita. No dirigía los ojos hacia donde circulaba el auto. Sin embargo, iba imaginando cuánto podrían hacerla disfrutar entre esos dos, placer doble, orgasmos por duplicado.
Esa noche se dedicó a descargar sus instintos con el único cuerpo legalmente aceptado para hacerlo. El de su marido.
lo firma él, pero es de Carmiña Candido Daverio (Marta Roldan)