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VERSOS ESENCIALES de Delfina Acosta (Parte II)

Archivado en General • Fecha: 26-03-2009 10:59:03

Delfina  Acosta

 

 

VERSOS ESENCIALES

 A PABLO NERUDA

 

 

(PREMIO PEN CLUB DEL PARAGUAY)

 

 

 

UN DÍA TÚ DIJISTE...

 

Un día tú dijiste: soy feliz.

La tienda azul del mar es mi camisa.

Junté en mi percha todo de este mundo:

el torso del océano y la brisa.

Te fuiste a caminar alegremente

por Chile entero dando Buenos días

al vendedor de anzuelos y pescados,

a la mujer inmóvil de la esquina,

que abrió, feliz, sus ojos, al oírte,

y abrió, también, de golpe, su sombrillas,

al sastre que lustraba un saco a cuadros,

y a la virtuosa ronda de las niñas.

Mas para ti no ha sido aquello mucho.

Te diste a hablar también a las semillas

de lo que luego fue un oscuro bosque,

y aquel carbón del pobre vuelto chispa.

Ah..., cuánto conversaste así Neruda.

Qué alegre y corto se te puso el día.

Y aún quisiste hablar con el silencio

para escuchar el oro de su risa.

Después de hacerse tarde regresaste

a tu conciencia de una flor con firma.

Cenaste. Te acostaste. Las estrellas

en tu ventana, aguadas, sonreían.

 

 

NINGUNA NOCHE HA SIDO...

 

Ninguna noche ha sido como anoche,

Neruda, para ti; ¡los tibios besos

que te ofreció Matilde, ya dormida

en el camino largo de tu pecho!

Mas anteanoche hallaste extraña lengua

que te lamía con un duro fuego,

y amaste a otra mujer, así, tumbado

encima de su bata y de su pelo.

También tuviste noches solitarias.

“Que el hombre se halle solo es siempre bueno”,

dijiste entonces, y arrimaste un ojo

sin lágrimas al nácar del espejo.

¡Amores que tuviste! No hubo nadie

a la que tú negaras, Pablo, un beso.

A todas alcanzó tu ardiente sangre.

Y todas con tu fama se vistieron.

Te derramaste en cuanta forma hubiera

y te quedabas siempre tan entero.

La cita con tus novias noche a noche

no fue atrasada; tú estuviste a tiempo.

Ufano y puntual llegaste a todas.

Y aún hoy llegas con el sur del viento.

Pues ése es tu deber: llegar, quitarte

besando a tu querida, tu sombrero.

 

 

EN PARAGUAY PROHIBIERON...

 

En Paraguay prohibieron tu poesía;

mas te leí setenta veces cinco.

Y dije: “No, señor; ninguna culpa,

ninguna prueba cierta de delito

yo encuentro en estos versos remojados

en el sudor con sal del hombre limpio;

la culpa, en todo caso, es de nosotros,

de nuestro fatuo corazón de vidrio”.

Y en tanto te prohibían, tu poesía

seguía trajinando los caminos,

tocando las aldabas de las puertas,

llamando a los transeúntes cual silbido.

La sal de tus poemas instalaba

en derredor del fuego aquel sentido

primero de las cosas: el deber

de compartir con todos pan y vino.

La luz encarcelada se hizo libre

en tu palabra suelta como un mirlo

a la que se sumaban las palabras

de los demás poetas, y fue río

entonces la canción de toda América.

Ya no hubo cuento que quedó sin niño.

Y el sol, moneda dura, se hizo gente.

Y se lavó la vida con rocío.

 

 

AUNQUE SOPLÓ TUS PÁRPADOS...

 

Aunque sopló tus párpados la muerte

el aire de tus odas sigue puro,

por eso te converso en esta tarde

Neruda, hermano, y traigo en mi saludo

la letra titilante de la brisa,

la hiedra vigorosa de los muros,

las siete vanidades del zafiro,

y las pestañas de mi amor desnudo.

La paja de las cosas más sencillas

subió por tu palabra haciendo un humo

con que llenaste casas y poblados.

Y a aquella hoguera no faltó ninguno.

Y a quien no fue me puse a hablar de ti.

Le sigo hablando en este soplo y pulso.

Ya todos aprendieron tu lección

de rosa roja en un cerrado puño.

Los niños te saludan. Canta el agua

con tu canción. Y luego le hace dúo

aquel silbido de las verdes piedras

por las que sopla el cuerno de los juncos.

Adiós. Buen día. Que descanses, Pablo.

Tu amigo y tu enemigo están de luto

por ti calientemente muerto ayer.

¡Y sin embargo vivo cual ninguno!

 

 

La presente edición electrónica de

Versos esenciales a Pablo Neruda,

de Delfina Acosta, realizada por Portal 

de Poesía, ha sido depositada en la

Red a los trce días andados

del mes de febrero

del  año 

dos mil 

siete

.

 

 

Delfina  Acosta

 

 

Escrito por Carmiña Candido Daverio
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