Enviado por Alejandro Drewes
No es el Amor quien muere
Ángeles Mastretta
Parece que desde hace muchos años las hadas han estado abandonándonos y sin embargo no se acaban de ir. Lo mismo sucede con la palabra escrita. Hace ya un tiempo largo que los profetas auguran su desaparición y aquí estamos, hablando de su estirpe y su lujo como algo imprescindible.
Cada mañana, durante miles de años, como quien sale de un sueño para entrar en otro, los seres humanos despertamos a un universo milagroso, cuya razón de ser no comprendemos. Inermes y ávidos, al principio nos pusimos a nombrarlo con el afán de imaginar que al decir fuego, muerte, peces, viento, eternidad, cordura, conseguíamos por un instante comprender lo que son.
Sin embargo, no nos bastó nombrar el mundo para dar con el sueño de entenderlo,fue necesario poner nuestras palabras por escrito y leerlas mil veces hasta asir, por instantes, el mundo iluminado en que vivimos.
Gracias a la palabra escrita, los seres humanos nos hemos permitido atisbar desde dentro los sueños y fantasías de otros seres humanos. No existe, no se ha inventado, mejor manera de entender y acercarse al pensamiento ajeno, que tantas veces nos parece feliz reflejo del nuestro, que este extraño y complejo milagro de leer.
¿Cuántas de las más atrevidas y emocionantes aventuras de nuestra vida nos han sucedido mientras leemos?Leer, como jugar o enamorarse es un desafío siempre y una promesa cada vez. Lo mismo que escribir. Acercarse a los libros para jugar en ellos, con lo que de seriedad y riesgo tiene el juego, siempre es emocionante y siempre nos mejora la vida. Por eso encuentro que escribir, como leer, se parecen a enamorarse.
SP