- Ana María Shua -
El interior de la carne, sobre el fuego,
posee
el mismo color de las brasas.
La grasa se derrite con escándalo.
El césped colabora, los continuos insectos.
Los invitados hablan
como si el sonido de sus voces fuera eterno.
Y sin embargo el mundo
se desvanece.
Todavía es posible verlo de reojo
pero ya no se refleja en los espejos.
Sólo un poeta chino podría percibirlo, en cambio,
ni siquiera probaría el asado.