por Juan Disante
Por lo que veo, este va a ser el año del NO. Porque si el SI me pone en tantos aprietos, como en la comida de fin de año, voy a tener que revisar mi propia semántica y tal vez hasta mis convicciones.
En el restaurante donde hicimos la despedida que hacemos todos los años, a los postres, se me ocurrió decir SI. ¡Para queeé…! No recuerdo en muchos años respuestas más sarcásticas. El primero en saltar fue mi amigo del alma, con el que nos conocemos desde la época de las bolitas.
-¿Qué estás diciendo Juan?¿¡Cómo podes decir eso!?
-No sé… me pareció… bueno… estee… si… que SI.
-Pero no, Juan… ¡Tenés que cambiar de medicación! Ja… ja…
Bueno, la cuestión es que de los catorce amigos que éramos, solo escuché risas de todos. Hasta el mozo se dio el lujo de mirarme con sorna (y de paso me sirvió último el helado que ya estaba casi derretido). Las disidencias conmigo fueron totales y por un momento noté que de las otras mesas me miraban como a bicho raro y hasta empezaron a volar miguitas de pan. Y no me pregunten de qué hablábamos, simplemente era el NO contra el SI. A decir verdad, mis certidumbres, tan largamente analizadas, vacilaron peligrosamente y jamás me sentí tan solo en la manera de pensar mi SI.
Me pregunté por qué, en los últimos tiempos, ocurría esto con gente a quienes les andaban bien las cosas (en todo caso mejor que a mí). Pero, ¡vamos!, arriesgaré una opinión: noto que el NO aúna a mayor número de personas. Hoy el NO es como el símbolo de la concordia, es el aglutinante de la grita nacional. Una brasileña una vez me dijo que los argentinos somos armadores de bronca, estamos en un descontento de por vida. No se lo pude negar -tenemos fuertes razones para opinar así- aunque acoté: «¡Claro! Ustedes tienen la Batucada». Sin embargo comparando al SI del NO, creo que la afirmativa nos expone demasiado a un compromiso aceitoso y desgastante; mientras la negativa nos preserva de desgracias futuras que siempre traen los vicios de los seres humanos. Pensándolo a fondo, en el mundo pringoso en que vivimos, el NO es muy cómodo y, a su vez, gregario. No establece un contacto perecedero entre los cuerpos (más bien es leve), pero no se equivoca nunca, a la larga hace su entrada triunfal en el mundo de los desatinos. Tal vez, los del SI estemos un poco asustados por lo ocurrido en el pasado y por eso, mirando la historia, nos tomemos de las manos con mucho encogimiento. De algún modo estamos con la mirada puesta hacia atrás, nos preguntamos demasiado de dónde venimos. Mientras que los del NO marchan alegremente hacia un túnel inexplorado y sin semblante, sin involucrarse en los riesgos del devenir se preguntan demasiado a dónde vamos. Y debo reconocer que miran lo venidero con optimismo, cerrando los ojos como el toro cuando cornea, sin importarle la desnuda espada del torero que siempre lo espera.
Este SI es callado sigiloso, este NO pesarosa neblina.
Nunca sabremos cuál es el instante preciso en que la noche se hace día. Pero una leyenda aymará dice que en el crepúsculo de la noche, cuando la oscuridad se hace más cerrada sombra y el silencio se convierte en el absoluto lastimero, en ese punto preciso se encuentran siempre el SI y el NO para hacer las paces y encontrar nuevas respuestas, una nueva síntesis. Allí, uno y otro se juntan para ser más fuertes, para crear lo nuevo. Y así logran que rompa un día iluminado.
Por estupidez, quizá por rutina, al final del día vuelven a distanciarse.