Estoy por unos días en Buenos Aires, gracias a una gentil invitación de la editorial Norma, con motivo del concurso de novela 'La Otra Orilla’. Después de las deliberaciones del jurado, la triunfadora resultó la interesante y divertida El amante imperfecto, de Carlos Chernov.
Antes y después de las reuniones tengo tiempo de pasear por la ciudad. La crisis no ha mermado su vitalidad. No solo la cartelera teatral que supera a la del cine (que ya es abundante) sino las numerosas librerías (entre ellas, el gran local de Ateneo en Santa Fe), y la calidad de los diarios nos hablan de una ciudad a la altura de sus tradiciones.
Tengo la alegría de reencontrarme también con Pablo de Santis y con Hugo Beccacece, a quien conocí el año pasado, y leo con mucho interés a autores relativamente jóvenes como Pedro Mairal.
Esta pujanza, sin embargo, no es enteramente producto de los favores del público. Una amiga escritora me cuenta que recibe una mensualidad de dos mil trescientos pesos (más o menos lo mismo en soles), que le otorga la ciudad.
Percibe esa cantidad desde hace varios años y la va a recibir hasta el fin de sus días, sin restricciones. ¿Por qué? Porque presentó el manuscrito de una novela al comité que otorga estas subvenciones y ganó una de ellas.
La novela, sin embargo, sigue estando inédita. Mi amiga me cuenta que hay otros quinientos artistas (compositores, pintores y otros) que reciben esta subvención de la ciudad. Aun así, muchos escritores argentinos se quejan de que estas mismas subvenciones a escritores y artistas en México son más cuantiosas.
El Ayuntamiento de Buenos Aires mantiene, asimismo, a varias compañías de teatro de bastante buen nivel. Cuando el alcalde Mauricio Macri quiso restringir el número de subvenciones, la protesta fue tan grande que tuvo que desistir.
¿Es esto bueno para la literatura y el arte? ¿Son las subvenciones una de las razones de productividad y calidad? Posiblemente sí. De esos centenares de artistas habrá algunos (o muchos) que aprovechen el dinero para tener unas horas libres en su trabajo creativo.
La medida vitalicia también puede generar que algunos (o muchos) lo asuman como un ingreso parasitario. De cualquier modo, es un tema lejano para nosotros. Cuando veamos que alguna institución peruana otorgue una pensión vitalicia para cientos de artistas o escritores en actividad sabremos que se trata de un sueño.