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El poema, el lector y el autor - Joaquín Meabe

Archivado en General • Fecha: 16-01-2008 14:51:23

Alejandro Drewes

Joaquín E. Meabe



Isletas voladas por el agua





Instituto de Teoría General del Derecho

Facultad de Derecho - UNNE

Tucumán 644 CP 3400

Corrientes - Argentina

Tel:+ 54 (03783) 430886

E-mail: jmeabegigaredcom@gmail.com





La identidad cultural siempre ha sido problemática , al punto que no son
pocos los que imaginan que el conflicto está en la base de todo lo que el
hombre edifica.



En un extremo la perspectiva de la sociedad ofrece una extensa gama de
asuntos cuya tematización induce a interesantes averiguaciones acerca de
la posición desigual de los distintos miembros del género humano y sus
lazos
o compromisos recíprocos; y de otra parte, en las antípodas siempre
encontramos al individuo con toda su carga de embrolladas y poco
transitivas
ansiedades y expectativas.



Si, de cara al problema de la identidad cultural , consideramos el primer
extremo como la base o punto de partida el debate queda , en cierta
manera, encerrado dentro de un dispositivo factores y determinaciones
globales donde la impresión particular o el sentimiento tienen poca o
ninguna cabida. En los conflictos de clase, por ejemplo, la impronta de los
intereses, las modalidades desiguales distribución y participación en el
conjunto de los bienes materiales o el desequilibro entre asignaciones y
necesidades impone un desplazamiento de los sujetos que no puede sino
redundar en una total despersonalización del asunto.



En el otro extremo la singularidad de lo inmediato no es más que una
anécdota y sirve, en todo caso, de excusa para la memoria, el mito o la
literatura.



Habituado a racionalizar, bajo el imperio de esa irresistible pulsión
cartesiana, el hombre de nuestro convulsionado fin de siglo enfrenta las
posibilidades de identidad como el navegante de una frágil embarcación
en medio de un río caudaloso que de improviso desemboca en una especie de
laberíntico estuario que se abre a un territorio poco conocido e
inseguro.
Una cartografía adecuada quizá pueda ayudar a resolver el itinerario.
Ahora bien, si nuestro explorador - conforme a la imaginaria fábula
propuesta - quisiera aventurarse en alguna parte de ese delta no
registrada en sus cartas de navegación todo va a depender de su propio
ingenio y, por que no, también de su instinto.



En ese estado primario los recursos actuales no son demasiado diferentes a
los de nuestros antepasados.



Tanto en la naturaleza como en la sociedad la aventura hacia lo desconocido
no escapa a las restricciones del ficticio navegante que bosquejamos más
arriba; pero todo se complica cuando la inspección viene impuesta por
algún oscuro sentido de pertenencia respecto de lo que se quiere explorar.



¿Que podemos decir cuando todo es inseguro o desconocido? y, asimismo
¿qué podemos hacer cuando nuestro dispositivo de conocimientos se muestra
decididamente inadecuado?



Si el asunto no afecta a nuestras preocupaciones o a nuestras expectativas
la tarea bien puede quedar de momento interrumpida o desplazada hasta
encontrar una técnica adecuada.



En la conquista de la naturaleza o en el control de la sociedad muchos
asuntos están a la espera, aun donde el debate es más intenso y apasionado.
Y ese extrañamiento ha sido fecundo, aunque no siempre pueda sostenerse. En
la medida en que aparecemos involucrados en la trama de la vida social
puede incluso resultar inapropiado. Entonces ¿qué decir? Y ¿qué hacer?


El viejo Heráclito nos ha dejado en este punto un consejo ( DK, 22B55) que
ha provocado más de un dolor de cabeza a los expertos no obstante su
notable laridad:



Prefiero lo que puedo ver, oír y sentir



El consejo apunta a nuestra disposición primaria; y en orden a esta nadie
parece haber definido mejor el horizonte de la propia incertidumbre social
que Francisco Madariaga en ese breve poema, incluido en Los Terrores de la
suerte, que sostiene :



Yo no tengo país ,

Tengo isletas voladas por el agua



Enfrentados al dilema que opone la incertidumbre a la pertenencia y
cuando los recursos del imaginario cartesiano nos han dejado
abandonados a la suerte de tal modo que no parece posible contar con la
ciencia o con cualquier otro fideísmo racional , nuestra alternativa a la
negación de todas las isletas voladas por el agua empieza como
deber , en la forma que lo entendió la filosofía clásica : una
exigencia derivada de nuestra propia naturaleza humana y respecto
de nuestro propio entorno , un poco al modo de aquel irresuelto problema de
la autoconservación que tanto dolores de cabeza ocasionó al derecho natural
moderno.



Ese programa inusual para una era decididamente técnica hoy es menos
complicado de lo que se supone.



Los medios de comunicación de masas exponen hasta el hartazgo toda una suma
de fragmentos de nuestro entorno que reclaman atenciones que están más
allá del relato de la ciencia o de la fábula de la literatura.



El dolor, el hambre, la violencia, el fanatismo, la droga, la frivolidad o
la transnacionalización pueden ser datos y pueden, asimismo servir a la
fantasía literaria y al mito pero, al mismo tiempo, lo rebasan y en esa
excedencia lo concreto se transforma en territorio desconocido y en
reclamo contradictorio de uno mismo que posee una humanidad común con los
desconocidos habitantes de esas isletas voladas por el agua.



Puede que todo esto sea demasiado nuevo para la luminosa conciencia
cartesiana -representada en nuestra época por Wittgenstein y su
batallón de acomodados epígonos -, que no imagina sino derechos y
determinaciones donde la lógica o la razón toma la forma de desafíos
deductivos, como ha ocurrido con los llamados derechos humanos, que no han
podido avanzar más allá de los tribunales - y allí mismo con una muy
baja perfomance - en la tarea de preservación de la vida ciudadana.



Sea nuevo o no, poca duda cabe que reconocer un derecho, enunciarlo e
incorporarlo a la preceptiva del llamado orden jurídico positivo dice poco
o nada sobre los consecuentes deberes de cara a las contingencias de lo
inmediato en lo que, por ejemplo, hace a la violencia, a la droga o al
hambre.



Es esta otra cara de nuestro entorno la que convoca como un dilema
irresuelto de identidad y la que hace que nuestro horizonte social en
principio solo contenga, como sostiene Madariaga, isletas voladas por el
agua.



Corrientes, 12 de mayo de 1996.


Escrito por Carmiña Candido Daverio
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