POEMANÍA
la manía del poema…
Hoja literaria de aparición virtual
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DOSSIER:
“¿Sirve la poesía en el tercer milenio?”
OPINA:
CARLOS PENELAS
Defensa de lo poético
La poesía es más filosófica que la historia.
Aristóteles
Vivimos en una sociedad que se desintegra, con hipócritas e inescrupulosas vejaciones. Un desdichado territorio poblado de expedientes, de infamia, de desolación. Sospecho que en estos últimos tiempos algo comienza a fisurarse. La estructura social está llena de porosidades, de fachadas folclóricas, de próceres, de deslizamientos. La sociedad –quiero imaginar- se percata de humillaciones cotidianas, de jerarquías prostibularias. Ineficacias y miradas esconden la complicidad de un sistema ilegítimo.
Ya lo dijeron otros antes que yo: la patria es la infancia. La infancia y la lengua materna nos sirven para la evocación, para descubrir el mundo a partir de la memoria que al vivir recobramos. Descubrí que el poeta tiene en su hogar la intensidad del mundo íntimo que lo une a lo universal. Por eso sólo puedo escribir a mano sobre una hoja blanca. Desde allí recreo el sentido profundo del idioma. Medito la palabra que se expande, intento realizar la proeza de plasmar –una artesanía depurada- la experiencia del ser. El destino del poeta es esa percepción inexpresable.
A los seis años mi padre ya era un niño jornalero. Pero sin jornal. Era un niño labrador. Mis abuelos fueron labradores. Y sus padres. Sin posesión ni pazo ni heráldica. Mi destino ya estaba prefijado. Sólo podía ser poeta. Y rebelarme contra el poder, contra los señoritos. El poeta y el labrador comparten los secretos de la tierra, la melancolía, la hierba de los sueños.
Se levantaba en la noche cerrada para llevar las cabras a pastar. Y mi abuelo, don Pedro, lo dejaba en el monte, pues él debía labrar la tierra de otro amo. Y ese niño escuchaba de las habladurías de la lluvia y de los lobos. En los bosques de Espenuca, solo, temblando de frío con el morral y su honda. Los fantasmas en la neblina de cada árbol, de cada nube agazapada. Y los muertos que a esa hora salían a visitar los elfos, a descubrir los cedros, a encontrarse con druidas. Y los perros aullaban.
Sólo podía ser poeta. Sin patria, sin dioses, sin banderas. Y ese niño me contaba, cuando yo también era otro niño, de la Santa Campaña cerca del cementerio, al lado de una iglesia del siglo XIII, la de Santa Eulalia. En esa época la gente moría en soledad “cuando está de Dios”, como decía mi madre. Y tenían la miseria y el dolor de la tierra ocultos en la mirada. Y los niños labriegos fijaban sus ojos en las estrellas, en los pájaros que cantaban el milagro del alba. Y en esos hogares solía decirse: “ni cenamos ni se muere padre”.
El poeta y el campesino comparten ensueños. Ambos conocen la topografía de la noche, los caminos que los celtas –en la mirada de los antepasados- llaman las huellas de la canción. As corredoiras, decía don Manuel. Así se llamaba el camino estrecho del carro campesino. El alma tiene la hechura de la corredoira, murmuraba María Manuela, mi madre. El aturuxo es libertario, me confesó una madrugada lluviosa una bella mujer bajo los soportales de una callejuela de Praga. El poema es el amuleto del pan, como el silencio es el talismán del huerto. La fragilidad de lo visible nos llama desde el poema. Lo onírico lleva la forma de la nostalgia.
Ahora en estos días aciagos, rodeados de miseria, de seres despreciables, recuerdo un acertijo veronés, cuatro versículos del siglo VIII. En un idioma que ya no era latín leíamos en la década del sesenta en el profesorado en Letras:
“Boves se pareba
Alba pratalia araba
Et albo versorio teneba
Et nigro semen seminaba.”
(Empujaba ante sí los bueyes / araba blancos campos / y un blanco arado tenía / y negra semilla sembraba.)
Una adivinanza que significa la escritura, el papel blanco, la blanca pluma, los blancos dedos y la tinta negra de los caracteres que siembra. “Se escribe para ser amado”, reflexionó Barthes.
Mis hijos, nietos de aquel niño campesino y de un adolescente rebelde de Udine -que asaltó un cuartel en Bahía Blanca por la libertad de Sacco y Vanzetti- de pequeños solían preguntarme:
“Pampa blanca, cinco
terneros y una vaquita.
¿Qué es?”
Pampa blanca, el papel. Cinco terneros, los cinco dedos. Una vaquita, la lapicera. Estos ejemplos bastan para saber dónde está prefijado el destino. Dije que la poesía se revela a sí misma y que desconfío de todo juicio y de todo dogma. El poeta y el campesino son animales que se asignan la tarea de descubrirse a sí mismos. Y que tienen, por encima de todo, aristocracia de pensamiento.
Carlos Penelas (*)
(*) Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1946. Es poeta, escritor, conferencista. Estudió en el Profesorado en Letras Mariano Acosta y en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Dictó conferencias en Europa y Latinoamérica. Colaboró con diarios y revistas de la Argentina y del extranjero. Publicó más de treinta libros de poesía y prosa. Algunos de sus títulos en poesía son: “La gaviota blindada y otros poemas” (1975), “Finisterre” (1985), “El mirador de Espenuca” (1995) y “Posada del río” (2005). Ha publicado numerosas plaquetas con ilustraciones de Demetrio Urruchúa, Ponciano Cárdenas, Ricardo Carpani, Pérez Célis, Juan Manuel Sánchez, entre otros. En prosa, “Conversaciones con Luis Franco” (1978 y segunda edición ampliada, 1991), “Los gallegos anarquistas en la Argentina” (1996 y 1999), “Diario interior de René Favaloro” (2003) y “Cuaderno del Príncipe de Espenuca” (2004). Figura en antologías de la Argentina, España, Italia, China y Estados Unidos. Opinaron elogiosamente de su obra, entre otros, Luis Franco, Raúl González Tuñón, David Viñas, Ernesto Sábato, Juan L. Ortiz, Osvaldo Bayer, María Elena Walsh, Giuseppe Bellini, Thorpe Running, Eduardo Blanco Amor, Lily Litvak, Frank Dauster, Ricardo E. Molinari, Héctor Ciocchini, Hugo Cowes y Xesús Alonso Montero, entre otros. Su dirección en la web: www.carlospenelas.8k.com
POEMANIA / DOSSIER
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POEMANIA
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