Obras Ganadoras - Edición 2007 -
VII Certamen Poético y III de Cuento Breve
Argentina, 1979
E
s un día peronista, piensa para sí y sonríe. Siempre le ha fascinado lo exagerado de esa idea; el intercambio de adjetivos siempre le produce risa. No sabe mucho de partidos políticos, sí se ha percatado de esa tendencia del ser humano a poner el bienestar personal por delante del colectivo. Y lógicamente, lo que uno pone delante del colectivo no puede tener un final feliz porque el colectivo le pasa por arriba y lo hace pomada.
El sol lo acaricia suavemente, no es verano ni es invierno, y Paris lo agradece porque el sol se brinda sin pedir nada a cambio, como un buen amigo.
El sol calienta el aire, al aire más liviano se eleva y el más frío toma su lugar; de esa forma nacen los vientos. Una suave brisa le roza los brazos y le produce un bienestar indescriptible. Paris es feliz. Y mientras camina va dibujando, como dibuja un tanguero en la pista, como dibuja el gusanito, en su mente la silueta y el balcón.
Elena lo espera porque él se lo ha pedido, al atardecer y en su balcón. No le ha dicho una hora precisa, le ha dicho al atardecer, y que lo espere.
Sentada allí, la vista de la plazoleta le produce placer. Los árboles aún verdecinos, de a momentos sorprendentemente resplandecientes, dorados como si cada hoja fuese tan valiosa para la vida en el planeta como lo es el oro para los hombres, exhalan como quenas la melodía del dios Eolo. Los pajaritos le cantan a una nube que hace rato se ha levantado, se ha despertado y se ha ido a llorar tal vez a una iglesia cerrada. Los pájaros se zambullen en esa melodía como el mejor solista, como el más afinado coro y la naturaleza empequeñece a los soberbios hombres.
Elena no puede oírla.
Desde siempre ha vivido en un mundo silencioso. Lleno de colores, de olores, de texturas, pero silencioso.
Nunca ha sido completamente feliz, siempre ha sentido que algo le falta, y siempre ha creído que su sordera es esa falta.
Y lo hubiese creído siempre, si no hubiese conocido a Paris.
Paris le enseñó música.
Paris convirtió su cuerpo en un instrumento musical, le enseñó a sentir en el contacto de sus yemas el ritmo y en sus prolongadas caricias las melodías.
La intensidad de la presión de sus manos sería la altura de las notas. Paris traducía la música y se la hacía sentir a través del tacto.
La introdujo de esa manera por una puerta lateral en el hasta entonces restringido mundo de los sonidos, de esas escurridizas vibraciones que -como su nombre lo indica- llegan e inmediatamente se van (son idos).
Y Elena dejó de sentirse incompleta.
Paris camina en un día perfecto. Elena le parece perfecta. Sus amigos no la encuentran atractiva, y él no puede entenderlos. Comprende cada vez que la ve, por qué muchas veces se utiliza la palabra atractiva para referirse a una bella mujer. Cada vez que Paris se acerca a Elena se siente tan atraído que no puede dejar de maravillarse. Como si fuesen polos opuestos de dos enormes magnetos.
Todo en ella lo satisface, la tersura de su piel es la que hubiera soñado, el perfume de su aliento enardece sus adolescentes sentidos hasta la enajenación y su mirada es el más resguardecido refugio, un lugar tan seguro y tan cálido como el lejano abrazo de una madre.
Paris camina y en su mente reproduce la serenata paso a paso. Literalmente paso a paso. Viene a declararle que quiere compartir su vida con ella, que quiere unirse a ella y perpetuarse en sus hijos, viene a decirle que la ama y que ha decidido amarla por siempre.
Viene a decírselo de la forma más romántica, y seguro de la más sorpresiva. Viene a brindarle una serenata.
Ella no puede oír, y él le presentará su serenata.
Ha tenido la idea tiempo atrás, y ha sabido callarla. Ha preparado una coreografía. Bailará un tango con una compañera invisible.
Lo ha ensayado tanto que ha logrado que la música se vea en su danza.
Ésa es la idea.
Bailará como nunca para cantarle a Elena.
Bailará como nunca para dejar en claro que como casi dice un proverbio chino, donde existe imaginación existe un camino.*
Una orquesta de Eucaliptus y Sauces lo recibe, la naturaleza sonidista de la plaza lo inspira, le crea un fondo de película.
Un sol iluminador juega con sus luces de violetas, azules, rojizos y ocres.
Puede ver el balcón y la silueta. El nudo en el estómago se le va desatando. Lo reemplaza esa sensación placentera que siempre lo llena cuando va acercándose a ella.
Finalmente llega bajo el balcón. Llega caminando con un ritmo premeditadamente acompasado, y no se detiene.
Comienza su tango manteniendo en principio un ritmo claro con sus pisadas. Toca una hermosa melodía el movimiento de su torso, sus giros en el aire, su suavidad.
Elena se ha puesto de pie. Le ha tomado un momento entender. Pero ya comienza a percibir las regularidades, a recrear con su imaginación los sonidos que no puede oír, a disfrutar.
Disfruta de esa extraña serenata inaudible, de esa música del movimiento.
Paris crea más ritmos sobre su ritmo base y complica y embellece su declaración de amor.
Finalmente, con una larga melodía que es la caricia que representa y el sudor humedeciendo sus cabellos, Paris concluye con una expresiva mano extendida hacia el cielo. Hacia su cielo.
Elena rompe en estruendosos aplausos que sólo siente mientras sus mejillas se humedecen y sabe que nadie puede ser tan feliz como ella.
Paris casi no siente su cuerpo. Durante todo el trayecto ha mantenido los ojos cerrados. Trata de ignorar el roce de los cuerpos desnudos de los otros detenidos que lo arrastra fuera de su fantasia. En la última hora, recreando en su mente su más añorado deseo, caminando y bajo el balcón de Elena ha sido feliz. Sabe muy bien que va a morir. No tiene fuerzas para intentar nada, su cuerpo no le responde.
El camión se detiene y los bajan a empujones y gritos. Paris trata de irse, de no estar alli, de volver a su Elena. No puede evitar sentir el aroma del monte.
Finalmente los han alineado.
Durante ese instante de calma, pese a los gritos de desesperación y de súplica, Paris consigue escapar, consigue regresar y estar bajo el balcón, sonriente, unido a los ojos de lágrimas que en el ocaso son líquidas piedras preciosas y Elena lo mira y sonríe con un amor inigualable y la tarde los acuna y Paris no escucha los disparos que apagan su vida.
Diego González
Salónica, Grecia
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Serenata de estudiantes
Era un tiempo de sueños en mi pueblo,
de poemas de amor en las ventanas,
donde a lindas muchachas quinceañeras
les dejabas un vals con tus guitarras...
Era un tiempo de esquinas con amigos,
de citas amorosas en las plazas,
donde un banco guardaba en sus recuerdos,
la caricia sensual de las palabras...
Era un tiempo romántico y bohemio,
corriendo como un río de montaña,
del cielo siempre azul, como los ojos
de la que amor eterno me juraba.
Y ese tiempo pasó sin darnos cuenta,
los muchachos cambiamos las miradas
y al conjuro febril de nuevos días,
las muchachas cerraron sus ventanas...
Sólo tú, te quedaste, serenata,
como una enredadera enamorada,
trepando por las rejas de la noche,
oculta en las penumbras de las tapias,
aguardando regresen los septiembres
con una estudiantina renovada...
Desde el fondo ancestral de mis nostalgias,
Te evoco con el alma emocionada
Y tu vienes a mí, como una novia,
Que aún espera a su amor en la ventana.
Guillermo Santos Ledri
( Gualeguaychú, Entre Ríos)