Querido amigos:
Mañana miércoles 21 estaré en vivo en el programa "Somos dos" que conduce Cristina Berçais por Radio Cultura de 21 a 22 horas hablando de por qué se escribe.
Algunos de ustedes saben que, hace tiempo, envié un comentario sobre el tema que replico al final de este mail y que, de alguna manera, será la base de la charla radial, pero me ha interesado ahora añadir algunas de las razones que ustedes dan, de manera personal, acerca de por qué escriben. Las leeré en la radio, por supuesto, consignando la autoría. Así que si quieren hacerme llegar alguna otra, bienvenida hasta esta noche (mañana no tendré tiempo de recopilar). Por favor, no se olviden de poner nombre, apellido y país.Lo que sí les ruego, es síntesis, porque los tiempos en radio son bien tiranos, ya lo saben.
con mi abrazo siempre
long
"Somos dos" - Radio Cultura - 97.9 - 21 a 22 horas (hora argentina)
Conduce: Cristina Berçais
¿POR QUE SE ESCRIBE?
Remanida y hasta inútil pregunta que no encuentra (tal vez
porque no la tiene) una respuesta. Pregunta habitual que se le
hace, justamente, a quienes escriben, presumiblemente porque sos
sospechosos de acarrear con alguna insólita chifladura,
excentricidad o anormalidad que azuza la intriga de mucha gente.
No creo que exista escritor que, al menos una vez en su
vida, no haya sido acorralado con esa maldita pregunta. Lo fueron en
su momento Breton, Louis y su grupo, conductores de "Littérature",
que se reunían todos los días en el café "Le petit grillon" sin que
los parroquianos pudieran quitarles los ojos de encima. hasta que un
día se produjo la catástrofe y un parroquiano formuló la pregunta
invenitable.
¿Qué puede responderse? Una buena parte opta por decir
simplemente: "No sé". Otros caen en el lazo y se enredan en
explicaciones engorrosas y justificaciones inútiles que no llegan a
ninguna parte. Llegado a este punto, es interesante la reflexión de
Dürrenmatt: "Es como preguntarle a un pez por qué nada" o la de
Cendrars: "Escribo porque. ¿Está claro?".
Uno escribe porque escribe, porque se nació para eso como
se nace alto, moreno o flaco. El acto de escribir proviene de la
naturaleza intrínseca del escritor y sería como pregunarse por qué
Maradona es Maradona. Y no sería vano tampoco remitirse a las
palabras de Stephen Vizinczy: "Escribimos para complacernos a
nosotros mismos (pero conste que somos difíciles de complacer).
En definitiva, parece que escribimos para acatar las
órdenes de un destino inexorable o, traducido a un lenguaje más
modernamente científico, escribimos para coincidir con nuestra
programación genética. Por ello creo que el escritor, el verdadero
escritor, siempre deja obra inconclusa puesto que nunca acaba de
escribir. No hay momento de término, de cierre, momento en el cual
se pueda decir: "He aquí mis Obras Completas. Ya he escrito todo lo
que tenía que escribir". El verdadero escritor escribe toda su vida
porque el acto de escribir es, más o menos, para él, como el acto
fisiológico de respirar, o sea, función de vida.
Ahora, publicar es otra cosa, otro tema. Ahí se va en
busca del lector, se va en busca de alguien con quien compartir eso
propio, alguien en quien delegar los descubrimientos. Y aquí
cuadraría perfectamente el pensamiento de Nietzsche al respecto: "Un
verdadero escritor da la palabra a la pasión y a la experiencia de
otro". Esto es, dar la palabra a otro para que sus experiencias no
queden sepultadas en el olvido ni sus pasiones obligadas al silencio
y en este sentido cabría plantearse algunas diferencias. Está aquel
autor que quiere publicar para satisfacer su ego, para "estar en
vidriera", para encumbrarse social y culturalmente. se trata del
egoísta, del narcisista, del ambicioso de poder. Pero también está
el humilde y generoso, el que desea publicar solamente para entregar
su palabra a otro.
Esto nos plantea el asunto del anonimato y del maravilloso
respeto y admiración que me producen los anónimos geniales que tanto
deseo han despertado en mí en cuanto a la posibilidad de estar
siendo anónimo. Y me pregunto: ¿Qué ha hecho Homero cuando
construyó "La Ilíada"?. ¿Encumbrar su nombre o gestarla para gloria
de Héctor y Aquiles?.
Pero es bien cierto que nadie es tan aséptica ni
químicamente puro y que a cualquiera de nosotros le gustaría, ¡cómo
no! el saber, como lo supo Cervantes o Lope o Hernández que su obra
corrió de mano en mano como un río que, por su propio y enorme
caudal, ha desbordado. O sin duda, cuando Longfellow escuchó en la
calle a unos chicos que cantaban el texto de un poema suyo al que le
habían injertado una melodía popular infantil y supo, con asombro,
que ninguno de los niños sabía quién era el autor de la letra, lo
envidiaríamos. En ese instante era un poeta anónimo que había
alcanzado el pináculo de la gloria.
Pero a la hora de publicar, el autor se enfrenta con el
clima fenicio de los mercados económicos y con esa raza de lectores
que van tanto tras el ocio improductivo como tras las consejas de la
autoayuda. Aun así, el verdadero escritor no renuncia a su libertad
de escribir y de publicar (si es que puede) aquello que lo
satisfaga, aquello que lo ponga en paz consigo mismo, con su propio
juicio crítico y con su conciencia moral. Generosos, humildes, pero
insobornables y ni siquiera el fantasma del hambre o la penuria de
la soledad pueden hacerlo ceder a las tentaciones bastardas.
William Williams sabía decir que en los poemas no hay
noticias del día, pero todos los días muere un hombre miserablemente
por carecer de aquello que sólo se encuentra en los poemas. La
sociedad en la que vivimos, sonreirá ante estas palabras porque para
ella sólo se vive y se muere miserablemente cuando no se dispone de
dinero contante y sonante.
"Escribimos porque." Pero publicamos para que nos lean y
no importa que ignoremos el rostro y el nombre del lector, no
importa que para el lector uno se llame Longfellow o resulte
anónimo, ewl tema es que se publica para encontrarse con el lector
en una especie de virtualidad, encontarse para entregarse, para
darse, encontrarse, simplemente, por amor.
Me pregunto si en este momento en el que vivimos, no se
está dando una "especie" de poetas que, muy lejos de la generosidad
del brindar y de la humildad de acercarse desde el casi anonimato,
levantan entre ellos y el lector un muro, levantan en el camino de
la lectura una enorme pared de obstáculos arbitrarios como único
recurso para instaurarse como "originales". Me refiero al lenguaje,
al lenguaje escrito totalmente desvinculado con el lenguaje común
que muchas veces utilizan los impostores, los fraudulentos que
ocultan, tras las tinieblas de la palabra, una usurpación del oficio
de poeta. Narcisistas, autistas y exhibicionista que no publican más
que para monologar en un idioma que tiene la pretensión de expresar
mucho pero que no dice nada. Y todo ello nada tiene que ver con
acudir a facilismos ni a pobreza de vocabulario, sino por el
contrario a un enriquecimiento que proviene de la comprensión de
términos, tal vez poco habituales, que una estructura clara y
diáfana, permite.
El verdadero poeta se baña en las aguas de la realidad
íntima o externa, por turbias y tormentosas que esas aguas sean. Son
espías, testigos, jueces y fiscales de su propio mundo interior y
del contexto que los rodea y tanta es esa vocación innata de
introspección, de búsqueda perpetua e individual, que abominan de
los guetos, las logias, los clubes, los círculos y las pandillas de
snobs y de arribistas. No tienen la arrogancia de creerse potentados
de la cultura (pues saben que lo que saben es ínfimo en relación a
lo que existe por saber, de por sí, inalcanzable), no se creen parte
de una casta sagrada, no se enrolan en las filas de los teóricos de
la literatura ni coquetean con críticos ni trampean a camaradas en
su afán de encumbramiento desesperado y menos que menos tienen el
exacerbado afán de originalidad como para que un verso medianamente
inteligible les suene a perogrullada. Y esto viene a cuento luego de
releer, en estos últimos días, magníficos poemas del siglo XIX y
comienzos del XX en los que todo fluye nítido y transparente pero
con tal maestría poética que uno no puede menos que sentir que un
nudo se le queda en la garganta y el llanto se hace difícil de
contener.
Todo ello no quiere decir que el verdadero poeta ignore
que la poesía es un bien del que el lector no se apoderará así como
así sin un arduo aprendizaje y sin la llama de pasión necesaria que
lo lleve a encontrarse con el texto. Para los perezosos, los
indiferentes, los insensibles, los facilistas está la bazofia, pero
no la poesía y no se podrá otra cosa que compadecerlos.
Con todo, la brecha entre el lenguaje del poeta y el de la
mayoría de los lectores, se hace cada vez mayor y se me ocurre que,
en particular, la causa es la pauperización constante y paulatina
del lenguaje. ¿Se pauperiza el lenguaje porque no se lee o se lee
muy poco o se lee bazofia? ¿O es a la inversa?. Lo cierto es que la
poesía (y la buena poesía, en especial) va perdiendo lectores (que
desde siempre no han sido muchos) y los poetas solemos buscar a los
responsables en cualquier parte salvo en nosotros mismos. Habrá que
pensar si no es que ponemos a la entrada misma de nuestra obra una
esfinge que sólo le franmquea la entrada a los "eruditos" que pueden
dar cuenta de los enigmas., y entonces, ¿tiene algún alcance
singular el alfabetismo? ¿Ha de servir solamente para leer los
diarios o las revistas de actualidad?.
No es fácil encontrar el delicado equilibrio entre el
derecho y la libertad del "yo" que escribe y el deber y el
compromiso del "yo" que publica y no es admisible que ninguno de los
dos resulte asesinado.
Long-Ohni