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La Máquina de Escribir Edición Especial Fontanarrosa

Archivado en Revistas literarias • Fecha: 23-07-2007 17:36:48

La Máquina de Escribir
Edición Especial Fontanarrosa
ESPACIO LITERARIO VIRTUAL FUNDADO Y DIRIGIDO POR ANÍBAL JORGE SCIORRA
Buenos Aires, Argentina, Julio de 2007
Blog: http://lamaqdeescribir.blogspot.com/
Correo electrónico: lamaquinaliteraria@gmail.com



"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro"
Roberto Fontanarrosa


Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
Desde Santa Fe escribe: Alfredo Di Bernardo
En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida.
Alfredo


Santa Fe, agosto de 2001.
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita

(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es
una carta.
-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que
escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.
-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo
pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible.
Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".
-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo
que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?
-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco
Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me
cuente su problema. Lo escucho.
-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y
yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le
gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi
casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para
reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.
-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.
-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar.
Hace tres meses que no pago el crédito.
-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?
-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la
gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que
hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta
extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.
-Me parece muy justo y muy sano.
-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse
a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable.
Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.
-¿Y qué hizo con la carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.
-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?
-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con
inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la
admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces
siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen,
no puedo menos que sacarme el sombrero.
-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.
-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este
hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.
-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.
-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos,
tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.
-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está
insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí.
-¿Por qué no la mandó?
-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente!
Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".
-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.
-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con
originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos
implique un esfuerzo creativo.
-Ajá. ¿Entonces?
-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.
-¿Cuál?
-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.
-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por
qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?
-No se burle, doctor.
-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso".
El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de
cuando quiso seducir a Martina Navratilova?
-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el
mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante.
Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.
-¿Y qué dibujó?
-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.
-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.
-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando.
Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné
dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me
dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.
-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la
paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales.
Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía
las camisetas de los equipos de fútbol.
-Pero eso no parece tan grave
-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con
unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que
llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"
-¿Y qué pasó?
-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de
Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?
-Estábamos en que rompí el dibujo.
-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?
-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase,
referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?
-No, no entiendo.
-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero
cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la
lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli.
Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?
-No está nada mal. ¿La terminó?
-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie,
índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.
-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.
-La rompí, doctor.
-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?
-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo
sofisticado.
-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer
su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes
afectivamente.
-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un
lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto
emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a
Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese
nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me
compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.
-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.
-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a
pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.
-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo
se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse
desarrollado siendo hincha de Colón.
-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago,
entonces? ¿Qué le escribo?
-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.
-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de
una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo
prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".
(...)

Ahora sí, en serio: mil gracias por el comentario y por la gentileza de mandármelo.
Un saludo cordial de
Alfredo Di Bernardo

PD: ¿Será factible consultar a la Hermana Rosa acerca de las perspectivas de Colón en el Apertura 2001?

alfdibernardo@ciudad.com.ar




EL COLOR DEL FÚTBOL

Por Roberto Fontanarrosa *
Tuve un profesor de pintura, Marcelo Dasso, que me decía: "lo primero que se percibe es el color. Uno pasa velozmente frente a una vidriera y dice: 'Vi algo rojo', o 'vi algo verde', sin precisar si eso que vio es redondo, triangular o cuadrado. Primero es el color, después la forma".

Y yo había ido a aprender algo de pintura no para convertirme en un Cezanne, o en un Van Gogh, sino para entablar, al menos, una relación más fluida con el color, ante las perspectivas de realizar ilustraciones para publicidad.

Yo le temía al color (aún le temo) pero hay que tener en cuenta que venía de la historieta de aventuras y, en aquellos años, la historieta de aventuras (salvo en las tapas del Misterix) eran en blanco y negro.

Sandro de América tiene una frase lindísima: "Soy de la época en que el teatro era en blanco y negro". Y las fotos de fútbol también lo eran. Con excepción, eso sí, de las tapas de El Gráfico, donde, empero, se notaba la complicidad de la anilina que coloreaba monocromos, iluminaba labios y cachetes o daba tintes azules a las peinadas a la gomina.

El Goles, por ejemplo, venía en sepia, como anticipando, previendo e inhibiendo el inflexible tono amarillento con que el paso de las décadas somete a las fotografías. Y los recuerdos ligados a los colores son relampagueos, manchones fijados en la memoria, casi como en esos pantallazos atractivos que mencionaba Dasso.

Descubrimientos, también. Porque, ante el mundo en blanco y negro que nos mostraban los diarios y las revistas, uno descubría los colores en la cancha, allí, personalmente, en vivo y en directo. El naranja de la pelota, por ejemplo. El hermoso color naranja de la pelota de gajos exagonales, por no mencionar el olor al cuero, porque eso sería saltar de una percepción sensorial a otra y abandonar el motivo central de esta columna.

Lo cierto es que hace poco alguien me dijo que las pelotas ya no se hacen con cuero sino con algún material estratégico derivado de los hidrocarburos; de esos que usan los astronautas de la NASA; y algo se rompió de mi. O uno descubría el amarillo (vuelvo al tema) de las camisetas de los arqueros, por no decir "rompevientos" o "tricotas", hermosas palabras que, pese a su sonoridad, apenas pronunciadas nos precipitan irremediablemente en el abismo de los vejestorios.

El Gato Andrada, Bertoli, Amadeo Carrizo, fulgurantes bajo el sol cristalizado del invierno, con sus tricotas amarillas, marcando el área de nuestra memoria, antes de que surgieran las teorías psicoanalíticas de que el arquero debe confundirse con el paisaje e incursionar por los ropajes oscuros que pusiera de moda el taciturno Lev Yashin, guardavallas ruso llamado, justamente, "La Araña Negra".

Uno descubría que Paulo Valentim, asimismo, el espectacular goleador brasileño de los xeneizes (que cuando le pegaba a la pelota lo hacía como si fuera la última vez en su vida que le pegaba a una pelota) no era negro. Digamos, tenía todos los rasgos distintivos de los negros; cabellos, ojos, nariz, boca, pero era de color té con leche. Un beige pálido, con pelo casi rojizo, que lo hacía aparecer más claro que Marzolini. O que el Cholo Simeone (Carmelo, el cuatro de Vélez, el original) era más blanco verdoso de lo que aparecía en las figuritas. Porque las figuritas sí eran a color. Pero también con colores inventados, donde los fuera de registro de la impresión hacían que Gerónimo, por ejemplo, arquero de Gimnasia, luciera desencajado, con el artificial color casi media cara corrido de sus límites.

Sólo en la cancha uno podía apreciar la compleja belleza de la camiseta de Chacarita (casi una señal de ajuste de los televisores actuales) y lo escarlata del pelo de Brookes, su laborioso wing izquierdo. O percibir la impresión que causaba el rojo intenso de la camisola de Independiente, con Abeledo y Walter Jiménez a la cabeza, saliendo por el túnel. O lo verde del verde de la camiseta de Ferro flotando sobre la figura desgarbada de Dante "Mandrake" Lugo. O lo marfilina que era la piel de Valentino, aquel de Argentinos Juniors, tan fino o más que la Chocha Casares, cuya blancura hacía sospechar que entrenaba en un sótano. O apreciar cómo era casi azul de tan negro aquel 8, Mengalvio, que le hacía el trabajo sucio a Pelé y Coutinho en el Santos de la larga fama.

Solo en la cancha uno podía apreciar el estallido de rojos, amarillos y verdes loro en el sector de tribuna reservado para las mujeres, contrastando con el resto del estadio, donde nos amontonábamos nosotros, los hombres, vestidos siempre de gris, como Julián Centeya, antes de que apareciera el desprejuicio de los hippies, Benetton o Gianni Versace.

Hoy, en ese aspecto cromático, las cosas han cambiado, señores. Hoy mismo, usted señor, también yo, abrimos un diario como éste que usted sostiene entre sus manos y podemos apreciar en las fotos desde los ojos enrojecidos por el esfuerzo en el defensor de Central, hasta el verde de las briznas de pasto enredadas en la melena del arquero de Ñuls. Y creo que es mejor así.

Las cosas, tanto en el fútbol como en otros rubros, nunca son blancas o negras, créame. Hay miles de tonalidades y matices entre medio, gracias a Dios.

* Este texto fue publicado en Rosario/12, el 6 de abril de 1998, a propósito del primer número a color de este diario.

(Material eviado por Rubén Vedovaldi, vedonet@netcoop.com.ar )




A VECES PIENSO


A veces pienso
no es tan difícil de que esto ocurra
pienso en las cosas que se han perdido
sin yo notarlas, sin yo notarlas
que se han perdido
Fueron quedando
algo pequeñas y retrasadas
aquellas cosas
Basta pensarlas
pero no mucho
Basta fijarse
cuando uno anda
en las pavadas tontas y quietas
tontas pavadas
que los caminos ponen delante
a los que andan
Y vuelven solas,
aquellas cosas
incluso algunas muy tonterías
muy pocas cosas.

Roberto Fontanarrosa



Malas palabras
Roberto Fontanarrosa *
No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer. La pregunta es por qué son malas las malas palabras. ¿Quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar?
Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?
Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras --no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras--, algunas me gustan, igual que las palabras de uso natural.
Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando. Era otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: "Vamos a jugar al tío Berto". Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.
Ahora, yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: "Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo". Y uno dice: "¡Qué cosa!". Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece.
Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irreemplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física. No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo. Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra "pelotudo"–que no sé si está en el Diccionario de Dudas-- está en la letra "t". Analicémoslo. Anoten las maestras.
Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra "carajo". Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra. Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir "caracho", que es de una debilidad y de una hipocresía… Cuando algún periódico dice "El senador fulano de tal envió a la m… a su par", la triste función de esos puntos suspensivos merecería también una discusión en este congreso.
Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra "mierda", que también es irreemplazable, cuyo secreto está en la "r", que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso está el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva. Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar...

* Fragmento de la ponencia del escritor, dibujante y humorista en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en noviembre de 2004 en Rosario, Santa Fe.


Desde México, circulando por Internet:

YO SI LO VOY A EXTRAÑAR
elmagnificus@gmail.com


De Fontanarrosa, amante del futbol e hincha del Club Rosario Central, se puede decir que su paso por la Tierra fue tan redondo como un balón: murió ayer a los 62 años en una clínica de Rosario, Argentina, la misma ciudad que lo vio nacer en 1944. En diciembre pasado, el Negro visitó Guadalajara para recibir La Catrina, reconocimiento que cada año se entrega en el Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde provocó risas y aplausos en cada uno de los salones en los que se presentó.
A México, Fontanarrosa llegó de la mano de la revista Proceso, que, durante años, publicó la tira de Boogie el Aceitoso, personaje de quien su creador llegó a decir: "Es todo lo contrario de lo que soy yo. Creo no ser discriminatorio ni machista ni mucho menos violento, pero algo de Boogie hay adentro de uno también. Uno por ahí querría ser impune y fuerte, pero la idea es exagerar un personaje despreciable, al punto de que es tan exagerado que es gracioso".
"Era domingo y el parto había sido normal, salvo por un detalle: el bebé resultó negro y canalla". Así definió su nacimiento el propio Fontanarrosa, cuya página de Internet exhibe lo mejor de sus creaciones. Allí está su otro personaje insignia, Inodoro Pereyra, quien, siempre acompañado por su fiel perro Mendieta, se permite galantes florituras en presencia de las damas: "Prienda, sus ojos son dos tucu-tucus desbocaos, ortigas que irritan mi corazón potro".
Como escritor, fue autor de El mundo ha vivido equivocado y No sé si he sido claro, entre otros libros. Amigo del creador de Mafalda (de quien, para pasar el rato, se burló en la FIL de Guadalajara, en 2006, a la voz de: "Hablemos mal de Quino"), Fontanarrosa anunció, en enero, que dejaría la caricatura a causa de la parálisis que sufría.
Ayer murió y, aunque su mano ya no dibujará más, el matón Boogie, el gaucho Inodoro y el perro Mendieta seguirán allí para, una vez secas las lágrimas, continuar con la filosofía del Negro: "Hace muy bien reírse, es terapéutico, te puede cambiar el humor de un mes, de una semana. La risa no tiene el prestigio de la tragedia, del llanto, pero yo valorizo mucho a todos los que me han hecho reír".

"A mí nunca me gustaron los superhéroes"
Roberto Fontanarrosa (Rosario, Argentina, 1944-2007) aseguraba sobre su vida: "No da para escribir una novela angustiante. Ni tampoco para una historieta". El Negro visitó Guadalajara a finales del año pasado y aprovechó la Feria Internacional del Libro para conversar con sus colegas Sergio Aragonés y Rius. Y si su vida, como señalaba, no da para redactar libros ni cómics, fue un buen pretexto para charlar con Público–Milenio. Aquí el fragmento de una entrevista realizada el 1 de diciembre de 2006:

Fontanarrosa tuvo una intervención memorable en el Congreso de la Lengua que se celebró en Rosario en 2004. El "Negro" se robó los aplausos del auditorio cuando preguntó: "¿por qué son malas las malas palabras?".
Fue ovacionado cuando pidió "una amnistía para las palabrotas".

"Hay malas palabras maravillosas que en otros países están exentas de culpa. Tendrá algo que ver esto con la internacionalización del español?", inquirió el popular escritor en uno de los momentos más distendidos del Congreso de la Lengua.

Al personaje de Boogie se le ama o se le odia. ¿Alguna vez le causó problemas?
Si alguien ha visto en esta historieta una intención de elogiar a un matón prepotente, indudablemente el error ha sido mío. Si lo leen mal es un error mío de no transmitir bien algo. Afortunadamente, creo que ha habido una lectura correcta de lo que yo quería decir. Siempre recuerdo que Boogie se empezó a publicar en un diario de Colombia. Hubo muchas cartas quejándose de cómo podía ser que un personaje tan violento apareciera en un periódico. Sin embargo, eran más preocupantes las cartas a favor de Boogie, que decían: "Por fin un personaje que les pega a los negros, a los niños, a las mujeres". Pero, en general, se interpreta bien lo que uno quiere graficar a través de Boogie.

¿En cuál de sus personajes considera que asoma más el verdadero Fontanarrosa?
Tal vez en Inodoro Pereyra, porque es un antihéroe, porque a veces reacciona correctamente y otras no. A mí nunca me gustaron los superhéroes, porque no te puedes identificar con nadie que no tenga miedo. Inodoro Pereyra tiene miedo, como vos, como yo, como cualquiera. Y aparecen por ahí rasgos personales tanto en él como en el perro Mendieta. Es una mezcla, pero tampoco es que haya una trascripción tan lineal del autor con el personaje.
Se ha dicho que la ironía de Mendieta es como la de Fontanarrosa.
Puede ser, pero no sólo la de Mendieta, sino de toda la historieta en general. A través de tanto tiempo de publicación, quieras o no, mostrás los rasgos personales.

(Tomado de un reenvío a través de Internet -Original Message: "El Magniicus")


Un cuento de Roberto Fontanarrosa
GNOMOS EN BARILOCHE


-No es verdad que Sarmiento haya traído los gnomos. Sarmiento trajo los gorriones pero no los gnomos.
La tajante afirmación parte de Evelyn Fermoselle, bióloga conductista del Instituto Harrison. desde hace una década ella está abocada al estudio de uno de los temas más ocultos y controvertidos del Sur argentino: la existencia de colonias de gnomos en las adyacencias del Nahuel Huapí. Para cualquier simple turista que haya recorrido los negocios céntricos de la ciudad de Bariloche, en la Patagonia, será familiar toparse con reiteradas imágenes de estas mínimas criaturas, supuestamente imaginarias y habitantes de los bosques. Las figuritas -con rostros que no nos animaríamos a calificar de agradables, orejas puntiagudas, ojos saltones, bocas enormes, narices prominentes- se reproducen en muñecos y muñequitos, títeres, láminas, postales y pinturas rústicas, contribuyendo al carácter mágico de la región. Pero ahora especialistas como la señora Fermoselle, avivan la polámica en torno a su posible existencia real.
-Es factible -abunda la bióloga- que los gnomos hayan llegado con los primeros asentamientos escandinavos. Es sabido que al Sur argentino llegó una enorme cantidad de inmigrantes de muy diferentes orígenes atraídos por el cultivo de lagrosella, y entre ellos se hallaban los escandinavos que llegaban huyendo de Kaskinen el Negro, en los alrededores de 1897. Se conoce que los gnomos buscan los lugares cálidos y en Finlandia procuran infiltrarse, ayudados por su pequeño tamaño, entre las ropas de abrigo de las casas de los bosques dehayas. Se los suele sorprender entre las pieles, frazadas, medias y mitones, dormidos, hibernando. No sería e extrañar, entonces que algunos hayan llegado así a nuestro país, arropados en el vestuario de los escandinavos, dentro de los baúles que éstos traían en los barcos que los depositaron en Puerto Madryn y Caleta Olivia.

Manos técnica, algo más candorosa, Liliana Minervino, rosarina radicada en las cercanía del Llao Llao ofrece una versión encendida de la real presencia de gnomos en la zona.
-Son hermosos -trina- pero muy tímidos. Es lógico que se oculten y huyan de los seres humanos porque los seres humanos son crueles. No miden más de quince centrímetros y yo los he visto en el bosque, escondidos detrás de los árboles, observándome mientras me baño desnuda en el lago. Yo finjo que no los veo porque si se saben observados huyen y se ocultan bajo las hojas caídas con una velocidad sorprendente. Pero sólo se dejan ver por la gente buena. Es imposible que los vean los leñadores, los agentes de Bolsa o los vendedores de jet skis. Yo los amo. Se alimentan de musgos, líquenes, belloteas y pinocha. Hay quienes dicen que se desviven por el chocolate blanco y que comen ratones, pero eso no es cierto.

La investigación financiada por el Instituto Harrison se ha visto trabada, nos consta, por la negativa a colaborar por parte del Municipio de Bariloche. Aparentemente sus funcionarios prefieren mantener la duda sobre la existencia de los gnomos, alimentando la leyenda y el atractivo del misterio que tanto atrae a los turistas.
-Son todas patrañas -afirma, sin embargo, tajante, Haakon Bornholm, pionero eslavo con cincuenta años de residencia en la privilegiada zana de los Siete Lagos-. No existen ni nunca han existido gnomos en Bariloche. Hay quienes sostienen quelos hubo y que ahora no se los ve porque les asustan los ruidos de las motosierras y de los compact discs. Mentiras, inventos. Quienes dicen eso son los mismos que aún insisten con el Nahuel Huapí, o con el Tronadorcito, el supuesto hombre de las nieves que mora en el cerro Tronador y sólo se alimenta de brasileños. Hace cuarenta años que soy guía turístico y nuca he visto nada de eso, lo juro. Una vez, sólo una vez, viví un hecho confuso en los bosques cerca de Puerto Pañuelo. Vi una figura pequeña, de movimientos eléctricos que se dirigía a mí con un parloteo imposible de entender, con una voz chillona, molesta y hasta podría calificarla de irrespetuosa. Era al atardecer y el bosque estaba oscuro, pero podría jurar que se trataba de una ardilla. Me ofuscó esa criatura miserable y desafiante que procuraba contactarse conmigo de mal modo y la aplasté con la pala que llevaba para trazar acequias. pero noera una ardilla. O un hurón. Pero gnomo no era. No existen los gnomos.
La opinión de Leonardo Parrili, investigador del INTA, arremete en una dirección absolutamente definida ya que no sólo acepta la presencia de gnomos sino que, además, alerta sobre esta realidad.
-El gnomo ya es plaga -advierte-. Llegaron al país por una gestión de Sarmiento en Boston dado que le causaron gracia en la Fiesta de la Marmota en Addirondack, cerca del lago Ontario, donde los niños los usaban como mascotas, junto a hamsters y bichos canasto, los bugsbasket. Fue, admitamos, otro de los estúpidos emprendimientos del Gran Sanjuanino, como el de traer gorriones que no sirven ni como distracción. Y acá los gnomos se reprodujeron geométricamente ante la falta de depredadores naturales. Los gatos solían comerse algunos, pero luego los gatos se adaptaron a la vida hogareña y dejaron de frecuentar los bosques. Los gnomos se alimentan de raíces y polen. Pero el problema es que atacan las raíces de los grandes árboles y provocan la caída de arrayanes y araucarias originando asimismo derrumbes y aludes incontrolables. Convengamos que son fundamentalmente roedores. El famoso bosque de los arrayanes petrificados no es otra cosa que el producto de la voracidad ilimitada de estas criaturas mínimas. Durante décadas comieron las raíces de esos árboles formidables, que hoy están muertos, disecados, inútiles. El gnomo, hor por hoy, esun problema, ya que han surgido organizaciones no gubernamentales decididas a protegerlos. Yo no digo matarlos, pero al menos estirilizarlos.

El historiador riojano Severino Fuentes es más cauto, pero nod eja de apuntar sus críticas, una vez más, hacia Domingo faustino sarmiento.
-Sarmiento trajo los gnomos -afirma- convencido de que el futuro del hombre estaba en la pequeñez física y no en la corpulencia. Según él lo sostiene en su ensayo Small and Useful, publicado en Santiago de Chile en 1875, un hombre de fñisico esmirriado solucionaría todo tipo de problemas de vestimenta y alimentación reduciendo al mínimo la amenza de superpoblación del palneta. Paradójicamente, a sarmiento le abismaba la realidad de una patria tan vacía de gente. Por esa misma razón trajo los loros. Porque Sarmiento trajo los loros, no los gorriones. A los gorriones los trajo el almirante Brown, en condiciones infrahumanas de esclavitud, en las sentinas de sus barcos. Nadie se explica aún para qué. Muchos dicen -Monteagudo, por ejemplo- que el almirante temía que la costumbre de la población de comer polenta con pajaritos podía terminar con las aves de la comarca. Y todos sabemos que las aves son fundamentales para la navegación. Sarmiento trae los loros porque son aves que aprenden a hablar rápidamente y él siempre vivió desvelado por el tema del apredizaje, la escolaridad y esas cosas. El reproche a los escolares, "no repitas como un loro", viene de esa época, cuando se recriminaba a los niños que estudiaban de memoria. Por el contrario -y esto puede sorprender a los tradicionalistas-, sariento sostenía la teoría de la conveniencia de estudiar de memoria, y lo prueba en sus libros de memorias como Facundo y Qué lindo es Talampaya. A los castores, en cambio -continúa, entusiasta, Fuentes-, los trae el Perito Moreno confundiéndolos con nutrias, pensando en el negocio peletero. Hoy los castores han tergiversado el equilibrio natural de los ríos con la construcción de diques. Se les ha llegado a atribuir la construcción del dique San Roque, pero ésa es una exageración de lso que atacan al Perito Moreno, atribuyéndole una personalidad satánica.

Desde otro punto de vista, el jusrista y odontólogo castrense Ismael García Peña acerca un enfoque sesudo sobre el tema.
-La palabra gnomo -ilustra- es acuñada por ele scritor finés Mauno Paasikivi, ya que aparece al conocimiento público en su libro Woodlife, con ilustraciones sobre el tema, en 1438. Allí los gnomos aparecen como minúsculas entidades similares a os liliputienses pero con orejas de fauno y patas de pollo. Sin duda tomó el nombre gnomo de la expresión latina ig nome, sin nombre, anónimos, ignorados, parias sociales. Y ése es el quid del problema que sin duda estallará en no más de una década en Bariloche. En tanto la población de gnomos, como dicen, continúe creciendo, irá reclamando figuración social y peso político. Porque he aquí el problema: ¿cómo considerarlos? ¿Como seres humanos, como entes con alma, como alimañas avanzads, como organismos pensantes? Se da un caso similar al de los hotentotes, en el sub Sahara. hasta hace poco no era ilegal matar a miembros de esta tribu que en poco difieren de los hombres primitivos y, además. lucen una prolongación espinal que cuelga como una cola sobre sus nalgas, lo que les brinda un aspecto típicamente animal. ¿Son hombres, son monos, son lemúridos desarrollados? Si los gnomos son reconocidos por la Iglesia el problema se complica. El Papa mismo, el domingo 14 de agosto de 1987, les mandó su bendición, en una elegía que incluyó también a los vascos y a los pingüinos. Lo dijo en latín por lo que pocos feligreses captaron el significado del mensaje. Políticamente, de ser reconocidos, lo gnosmos reclamarían lugares en el Senado. Ya se comenta de un líder gnaomo que llama a la Guerra Santa y a otro que sueña con ser conductor televisivo. No, yo le advierto: el Gobierno Nacional, si no pone manos a la obra, se las verá en figurillas.

El tema, notoriamente conflictivo, amenaza con ganar los titulares de los diarios pese al manto de silencio impuesto por los funcionarios neuquinos.
Un rumor, inquietante para las organizaciones proteccionistas, acerca más combustible al fuego.
-Lepricornios, ése será el método -murmura, oscuramente, un latifundista barilochense que no desea dar su nombre-. Los lepricornios son elfos, gnomos verdes que habitamn los castillos abandonados de Alta Escocia. Son malos y agresivos. Históricamente han perseguido a los gnomos, y ésa puede ser una de las razones por las cuales los gnomos se vinieron para aquí, aún desafiando a los indiso vuriloches que se los comían a la brasa, como a conejos. Sé de buena fuente que en algunos estratos del Ministerio de Agricultura, junto a especialistas de Monsanto, se estuida traer lepricornios a la Argentina para que combatan a los gnomos. Los gnomos se aterrorizan con los lepricornios, a los que consideran seres irreales. la pregunta es ésta: ¿quiénes controlarán, luego, a los lepricornios?

Sólo el tiempo tiene respuestas a todos los interrogantes que se suscitan en torno a los gnomos. En tanto, sus figuras dudosamente simpáticas, seguirán sonriéndonos desde los anaqules de los negocios turísticos de Bariloche, a través de los consabidos muñequitos, cerámicas y erracotas pintadas de vivos colores, aparentemente inocentes. No obstante, a fines del 2004, una aldeana que vive a orillas del lago Espejo comentó en la feria dominguera que había sido mordida en un dedo por una pequeña criatura del bosque a la que no pudo identificar. Y que sufrió una infección en el brazo al extremo de que estuvieron a punto de amputárselo.
Meses después, en Puerto Manzano, apareció el esqueleto de un perro San bernardo, devorado, quizás, por millaresde colmillos diminutos.
Ayer nomás, la semana pasada, un guante tejido, tipo mitón, repleto de explosivos, estalló contra una pared lateral del refugio Carreras, en el cerro del mismo nombre, sin que nadie se atribuyera, hasta ahora, el atentado.
Despuésd e siglos de silencio, marginalidad y ostracismo, daría la impresión de que ahora una fuerza rastrera y estremecedora ha decidido salir a dar batalla.

Roberto Fontanarrosa
Todos los derechos reservados
De "El Rey de la Milonga y otros cuentos", Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2005.



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Escrito por Carmiña Candido Daverio
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